Increíble pero cierto. Quiero dejar constancia aquí del pequeño incidente, por lo menos para sacar los colores a más de uno... Estaba paseando el fin de semana pasado por la feria del libro de Salamanca. Iba mirando todos los libros, costumbre que tengo antes de decirirme a comprar ninguno, y cogiendo de aquí y alli marcapáginas de los puestos. Azafatas me iban inundando de igual modo con los marcapáginas conmemorativos de esa edición de la feria del libro y otros menesteres, cuando me detuve en el puesto de la Diputación de Salamanca (o la consejería de turismo, o cultura, o una cosa de éstas en las que ponen información de la provincia y demás). La señora estaba enfrascada en una conversación liviana con una pareja que había acaparado todo el puesto desde hacía un buen rato (y cuando digo buen rato, digo BUEN rato). Así que, ya que era el último puesto que me quedaba por ver antes de comenzar a comprar algún libro, me metí por el medio un poco, a ver lo que se ofrecía allí. Sé que este tipo de puestos la gente los suele pasar por alto. No hay libros de moda, ni clásicos ni ninguna oferta, pero yo acostumbro a ver todos y cada uno de los puestos, para no hacer de menos a unos o a otros, no sé, manías mías. Pues asomando la cabeza como pude, vi unos marcapáginas monísimos, con una letra cada uno. Había de cuatro letras, ya no recuerdo cuáles, pero alargué el brazo como buenamente pude hasta los montoncitos (intactos, por otra parte, alli no se había asomado nadie en toda la feria del libro...) y comencé a coger. Debí de coger del primer montón un par de ellos, es de esas veces que de tan juntos que están, ni se separan (y menos con la poca maniobrabilidad que tenía asomando un ojo y media mano por entre la pareja charladora). Y noto que me arrancan (literal) de la media mano que tenía asomada los marcapáginas y me dice una voz: "perdona, puedes coger uno de cada montón, espera que ya te los cojo yo". En aquel momento (por fin!) me dejaron espacio para acercarme y ver lo que alli se exponía. Pero no tuve tiempo, porque comenzó un quita y pon de marcapáginas. La señora no me dejaba ni acercarme a ellos ni a su puesto, y mientras, la pareja, incómoda porque me había acercado al puesto y les había quitado unos segundos para hablar. Estuve un minuto alli hasta que vi que la señora debía de tener mucho apego a los marcapáginas, porque no había manera de que me diera cuatro míseros trozos gratuitos de papel. Así pues, la quité de las manos el montón de marcapáginas, y los fui colocando de nuevo en sus montones diciéndola: "mire, déjelos, cada uno colocado en su montón, que veo que es una molestia demasiado grande para usted y no quiero incomodarla más tiempo", yéndome acto seguido. Pues, ¿os podéis creer que tanto la pareja como la señora se me quedaron mirando y cuchicheando como si fuera una ladrona? Como diciendo: "Esta juventud, son unos caraduras, figúrate, quería coger mis marcapáginas!". Fue lamentable, de verdad, os juro que llegué a pensar que es que los estaba robando de verdad y en realidad había que pagar por ellos! Imagino que la señora tendría una familia muy grande a la que dar marcapáginas, porque sino, no me lo explico. Lo que sí que me explico es por qué en toda la feria del libro no se acercaba la gente a ese puesto. Y lo digo con conocimiento de causa, porque tengo que pasar por la Plaza Mayor todos los días para ir a la Universidad...

La moraleja es la siguiente: Cuando veáis un puesto de la diputación con una señora al frente, ni se os ocurra acercaros, yo tuve suerte y huí a tiempo, pero la leyenda cuenta que si permaneces alli más de dos minutos e intentas coger uno de sus marcapáginas, sufrirás terribles consecuenciassssssss...............