La tienda de animales (tercera parte del relato de Laura)
Agosto sigue su curso, yo me achicharro en la blusita de todos los días y en Granada no hay más que turistas. Que yo no sé qué le ven al verano en el Sur, porque del calor que hace, no se distingue desde lejos ni la Alhambra, pero para gustos...
Dos de mis amigas, Susana y Mónica, ya han vuelto de sus largas vacaciones (el resto, seguían con sus baños en Cádiz, por supuesto). Los dos primeros días que nos vimos, me tuve que ver "animadamente" sus quinientas cincuenta y ocho fotos (las conté, no tuve más remedio...) del viaje a Palma, y las cinco horas de vídeo con enfoques de picado y demás movimientos semi extraños que las parecían de lo más gracioso. La primera hora parecía soportable, a la tercera tuve que ir al baño a darme agua y tomarme una manzanilla por las náuseas que me entraban. Realmente parecía como si todo el vídeo hubiera sido grabado en un barco. Si me llegan a decir que es un video de un crucero, yo me lo creo. Sobre el contenido, mejor no comentarlo. Simplemente decir así de pasada que puede que tuviera que ponerse algún rombo en ciertas escenas.
Después de esos dos días intensivos y de que mi envidia las salpicara por los cuatro costados, parece que quedaron agusto y me preguntaron qué tal en mi nuevo trabajo. Las comenté las cosas por encima y quedaron maravilladas con la historia de Miguel, Sandra y los sucesos que normalmente no se oyen de Granada.
- ¿Y tú con Miguel....? - me dijo Susana dándome codazos y con una sonrisa de oreja a oreja. Mónica la secundó el gesto con más énfasis aún si cabe.
- Miguel es mi jefe, y como ya os he dicho, está con Sandra, que también os he dicho que trabajo con ella... aparte de que me tiene una pinta de prepotente...
- Ya, ya... seguramente, eso es lo mejor de los hombres, un aliciente más. - Susana, una chica de 25 años, estudiante de último curso de Arquitectura, con pinta de no haber roto un plato, podía montarse una historia en la cabeza en medio segundo exactamente. Esta vez la había dado tiempo a mucho más.
Insistieron en que tenían que conocer a Miguel en persona. Por supuesto que me negué. Según eran, imaginaba la escena y me moría de vergüenza. Asi que no las dije horarios ni nada. Mejor dejarlo como estaba...
Pero se ve que en Granada no había mucho que hacer. Todavía las quedaba tiempo de vacaciones, ya que Susana hasta octubre no empezaba el curso y Mónica tenía otra semana de vacaciones. Era martes, un martes asqueroso en el que no había habido ninguna noticia en el periódico y habíamos tenido que tirar de archivo para hacer algún artículo en plan: "¿tu vecino podría ser un ladrón?" o "25 reglas para evitar un atraco". A mi buscando en el archivo se me había llenado de polvo la chaqueta amarilla, con lo cual tenía un color verdoso bastante extraño, y había tenido que recurrir a recogerme el pelo como pude con gomas de oficina porque ya no aguantaba el calor. Tenía un look hermosísimo. Por no hablar de la media hora "no-existente" (así llamábamos al tiempo en el que no hacíamos absolutamente nada en el trabajo. Oye, ¡argot periodístico!) en la que me puse a pintar las uñas con tipex, haciendo una regresión a mis quince años en clases de religión. Pues bien, estaba ya saliendo del edificio, hoy salía un poco antes por la escasez de trabajo, y Sandra y Miguel bajaban en el siguiente ascensor, cuando veo que a lo lejos se acercaban dos chicas que se parecían mucho a Susana y Mónica. Digo que se parecían porque os aseguro que con el calor no soy capaz de reconocer a nadie a no ser que le tenga justo al lado. Me quedé paralizada. Si llegaban ahora y se ponían a decirme barbaridades sobre lo de Sandra y sobre todo Miguel, ellos dos pasarían por delante justo en ese momento. No supe qué hacer, salvo entrar corriendo en una tienda de animales, "Nice pets" que estaba justo al lado del periódico. Entré tan deprisa que al cabo de unos segundos me di cuenta que el dependiente me miraba con asombro y una medio sonrisa en los labios.
- Lo siento - dije como pude - es que creí que iban a cerrar y... pues yo... - en estos momentos recordé todo lo que sabía sobre "el alcohol merma tus capacidades mentales" y los mojitos que de estrangis nos servía Carlos, el camarero del bar de la facultad - ... pues yo es que andaba buscando... - mientras proseguía dando muestras de una gran fluidez verbal, sólo apta para grandes periodistas como una servidora, miré hacia los lados, divisando un pájaro de un amarillo intenso, parecido a un loro pero algo más pequeño. Bueno, soy periodista, ¡no veterinaria! - ¡... andaba buscando un pájaro!
- Veo que te has fijado en éste es un bla bla, blablabla, blabla, bla.... - fue todo lo que entendí mientras por el rabillo del ojo vigilaba a mis dos amigas que andaban buscándome a las puertas del periódico, riéndose entre ellas cada dos segundos. - bla bla bla, blabla, de rebajas al 80%, cincuenta euros con comida y jaula de regalo. - Me giré en ese momento hacia el vendedor. ¡Joder! ¡Y eso que era de rebajas! ¡Y al 80%! Miré al pajarito, que se me había quedado mirando con cara de "cómprame, cómprame, cómprame, porfa porfa porfaaaa" y no tuve más remedio que sacar la cartera y pedirle que lo preparara, que me lo llevaba. Bueno, un animalito en casa no estaba mal... Y entonces me di cuenta. El chico que me estaba atendiendo. Era moreno tirando a castaño, de piel bronceada y unos ojos verdes oscuros impresionantes, que no dejaba de sonreir. Estaba todo el tiempo hablando a los animales, parecía que les tenía cariño. Cuando metió al susodicho pájaro en una caja enorme (yo con eso ni de coña puedo) le iba hablando en un tono muy amable. Me di cuenta de que parecían buenos amigos.
- ¿Cómo le llamas?
- ¿Perdona?
- Me he fijado en que hablabas con él. Imagino que le llamarías de alguna forma mientras estaba en la tienda. - Él me miró volviendo a sonreir, y mientras miraba al pájaro por una rendija de la caja, me dijo:
- Ra.
- ...món - dije concluyendo el nombre que más me sonó a ese diminutivo. Él se echó a reir, pero encima con ganas, casi le salían lágrimas de los ojos. Cuando se calmó, me explicó:
- No, le llamaba Ra, por el dios del Sol, tiene un pelaje tan amarillo y un porte tan magnífico que no se me ocurría otra cosa. -
¡Estúpida, estúpida, estúpida Laura! "Ra...món" pensé hasta imaginándome mi voz sonando ahora ridícula al lado de la explicación que me dio el chico. Me debió de notar por la cara lo que estaba pensando y se apresuró a decirme que es que era un estudiante de Antropología que estaba trabajando en la tienda de sus tíos los veranos para pagarse viajes por el mundo durante las vacaciones de navidad, semana santa y algún puente que otro. Y sin apearse de esa sonrisa, me dijo:
- Y yo me llamo César.
- Yo Laura - y me tendió la mano. Nos dimos la mano. Casi literal, porque ni yo le soltaba la suya ni él la mía. Al cabo de unos minutos (imagino que segundos, pero de ese tipo de segundos muy muy largos) nos soltamos y me dijo - bueno, para lo que necesites, toma una tarjeta de la tienda. Bueno, espera, que te apunto mi móvil por si tienes alguna urgencia. - Y anotó un número de móvil, poniendo su nombre al lado, en la tarjeta de la tienda. La guardé en la cartera y empecé a pensar en cómo llevar todo eso a pie hasta mi casa. César me vio intentando coger la jaula, la bolsa de la comida y al pobre Ra, y me dijo:
- Voy a cerrar ya la tienda, si quieres te acompaño con el coche a casa.
- Pues no sé qué decir... bueno, la verdad es que no sé sino cómo llevar todo esto... - dije con una sonrisa tímida.
Con lo cual, casi sin darme cuenta, César me estaba llevando a mí y a Ra a mi casa. Llegamos al portal y me ayudó a bajar todo, hasta llevármelo al ascensor.
- Bueno, pues cuida de Ra, es un poco trasto al principio, pero luego cuando te conoce, se pone cariñoso. - Yo miré la caja con mi inesperado amigo plumífero dentro y le aseguré que le cuidaría. Nos despedimos y subí a mi casa. Puede que César oyera las voces de mi acalorada madre cuando me vio entrar con semejante auto-regalo. Fueron considerables. Me fui a la habitación, a poner a Ra en su nuevo hogar. Al acabar de instalarle del todo, miré el móvil, que no me había dejado de vibrar desde hacía un rato. Susana y Mónica, 27 llamadas en diez minutos. No me quiero ni imaginar lo que han podido hacer... y de repente, veo un mensaje de Mónica, el cual ponía: "Miguel es muy majo, ¡aparte de guapo! ¡qué callado te lo tenías, so guarra! A la novia no la hemos caido tan bien, pero hemos quedado las tres (Susi, tú y yo, claro), con Miguel y sus amigos este viernes. ¡Dice que no faltes!". Releí el mensaje unas diez veces. No era posible. Eran capaces de haber estado preguntando por él en mitad de la calle. las llamaré después de cenar, que hoy por la tarde tengo mucho de lo que hablar con Ra...










lascosasdepepe dijo
un abrazo que tengas un buen
fin de semana.
17 Enero 2009 | 05:23 PM